Pasé 26 años construyendo cosas para otros.
Sistemas, equipos, arquitecturas, productos que empezaban como una idea medio abstracta en una reunión y terminaban funcionando en producción. Lo hice con orgullo. De verdad. Hay algo muy lindo en agarrar un problema difícil, ordenarlo, bajarlo a tierra y convertirlo en software que alguien usa todos los días.
Pero en algún momento empecé a sentir otra cosa.
La tecnología cambió. Las herramientas se hicieron más accesibles. Muchas barreras que antes parecían naturales empezaron a caerse. Y yo, después de tantos años poniendo mi oficio al servicio de proyectos ajenos, sentí que era hora de armar mi propia vidriera.
Así nació SebaSOFT Lab.
No lo pienso como un portfolio prolijo para mostrar trabajos. Lo pienso más como un laboratorio personal. Un lugar donde puedo probar, romper, ajustar y publicar herramientas bajo mis propias reglas. Durante muchos años el desafío fue entender requisitos de clientes grandes, negociar restricciones, cumplir procesos, encajar piezas dentro de estructuras ya armadas. Ahora el desafío es otro: crear un espacio donde mis propias ideas puedan crecer y, si tienen suerte, encontrar una comunidad alrededor.
Para mí el desarrollo de software siempre tuvo algo de artesanía.
En el mundo corporativo uno se acostumbra a entregar piezas correctas, necesarias, a veces muy buenas, pero muchas veces anónimas. En SebaSOFT quiero hacer otra cosa. Quiero construir herramientas con identidad. Que se note que hay una persona detrás. Que cada decisión tenga algo de los años de oficio, de los errores cometidos, de las noches resolviendo problemas raros y de esa mezcla de obsesión y paciencia que te va dejando la programación con el tiempo.
Por eso me importa publicar proyectos como Math Rocks Dice o Walls Have Ears. No son solo aplicaciones. Son piezas de mi propio taller digital puestas en manos de otros, especialmente de la comunidad gamer, que es un mundo donde la herramienta se prueba en serio: si sirve, se usa; si molesta, se abandona.
También está Neuron Js, que nace de una idea que me persigue hace años: lo complejo no tiene por qué ser pesado.
Vi muchos sistemas caerse por querer resolver todo de entrada. Capas sobre capas, abstracciones sobre abstracciones, decisiones tomadas por miedo a un futuro que nunca llega. Con Neuron Js intento ir por el camino contrario: piezas simples, cimientos claros y una arquitectura que pueda crecer sin volverse una mochila. No siempre es fácil sostener esa limpieza, pero para mí ahí está buena parte del oficio.
Ahora bien, no voy a vender esto como si fuera una épica perfecta.
Empezar de nuevo da vértigo.
El mundo corporativo, con todos sus problemas, te da una red. Hay un cliente, hay un contexto, hay un negocio que te dice qué problema importa. La hoja en blanco es otra cosa. Te obliga a decidir qué construir, cómo mostrarlo, cómo contarlo, cómo sostenerlo. También te empuja a hacer tareas para las que uno no siempre está cómodo: marca personal, comunicación, comunidad, producto, ventas, soporte.
Cuesta. A veces bastante.
Pero también siento que era necesario. Después de tantos años siendo el especialista detrás de escena, necesitaba poner mi nombre en algo propio. No sé si este será el último intento. Probablemente no. Pero sí sé que este intento había que hacerlo.
Hay una parte de todo esto que viene de mucho antes del software profesional.
Pertenezco a la generación del cartucho de Family Game, de grabar canciones de la radio en cassette tratando de no pisar la voz del locutor, del ruido mecánico del VHS, de imaginar el futuro leyendo la revista Muy Interesante. Crecí con esa mezcla rara de tecnología, promesa y nostalgia. Un futuro que siempre parecía estar a punto de llegar, pero que todavía tenía botones, cables, plástico, pantallas de tubo y manuales impresos.
Ese retro-futurismo está metido en lo que hago, incluso cuando no lo busco. Se nota en mis proyectos digitales y también en las ganas de probar cosas físicas. GeekyBits Store, mi intento de dropshipping en eBay, sale un poco de ahí: de querer conectar el mundo digital con objetos, con cultura geek, con esa nostalgia táctil que todavía me mueve.
Todo esto lo hago desde San Juan.
Y sí, vivir acá tiene ventajas concretas. Los costos ayudan cuando uno está tomando riesgos. Pero quedarme en San Juan no es solo una decisión económica. Es una decisión de arraigo.
Yo crecí acá. Mi historia está acá. Y tengo una necesidad muy profunda de devolver, aunque sea de a poco, algo de lo que esta provincia me dio. Me interesa demostrar, primero a mí mismo y después a quien le sirva, que se puede construir algo con alcance global sin tener que irse a un hub tecnológico tradicional. Que se puede trabajar desde acá, crear desde acá y aportar desde acá.
Trabajo remoto hace 12 años, así que la distancia ya no me asusta. Me enseñó a moverme de otra manera, a comunicar mejor, a sostener proyectos sin depender de una oficina ni de una mesa compartida. También me dio una habilidad que hoy valoro más que cualquier stack tecnológico: la capacidad de reinventarme.
Antes lideraba equipos físicos. Hoy opero muchas piezas solo. Desarrollo, pruebo, publico, escribo, atiendo, ajusto. Pero no siento que esté trabajando en el vacío. Uso las herramientas actuales como una extensión de mi experiencia. Sé qué preguntar, dónde mirar, qué parte delegar en una herramienta y qué parte todavía necesita criterio humano. Ese criterio, después de 26 años, es lo que más cuido.
Al final, lo que busco es bastante simple: generar confianza.
El software empresarial muchas veces se vuelve transaccional. Se pide algo, se entrega algo, se factura algo. Está bien, funciona así. Pero con SebaSOFT quiero que la relación sea distinta. Quiero que quien use una de mis herramientas sienta que del otro lado hay alguien prestando atención. Alguien que escucha, mejora, corrige y entiende que una aplicación no vale solo por lo que hace, sino por cómo acompaña a quien la usa.
No quiero ser solo alguien que produce software. Quiero construir una comunidad alrededor de lo que hago.
Y para dar este salto hace falta algo más que ganas. Hace falta una tranquilidad mental que no aparece por arte de magia. En mi caso tiene nombres propios: Zoe y Alejandra.
Sin el apoyo de mi hija y de mi pareja, este camino no existiría. Ellas son la base que me permite arriesgar, probar, equivocarme y volver a intentar. Son mi refugio cuando todo se vuelve incierto. Y emprender, por más romántico que suene desde afuera, tiene bastante de incertidumbre.
Este es un escalón más. Recién estoy empezando esta etapa y sé que las mejores herramientas no salen de una cabeza encerrada, sino del diálogo con otros.
Así que los invito a pasar por sebasoft.app, descargar las aplicaciones, probar lo que estoy armando y contarme qué les parece. Si tienen una idea, una necesidad concreta o simplemente quieren sumarse a la comunidad que estoy empezando a construir alrededor de estos productos, escríbanme.
Construyamos algo juntos.